Citas, 6

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Albert Camus

Albert Camus*

 

Ha muerto un hombre, y piensas en su rostro con vida, en sus gestos, en sus actos, en los momentos compartidos con él, tratando de reconstruir una imagen disuelta para siempre. Ha muerto un escritor: reflexionas sobre su obra, sobre sus libros, uno a uno, sobre el vínculo que los unía, sobre el movimiento hacia un significado más profundo que hacía de la vida, y tratas de formar un juicio que dé cuenta del impulso último del que surgían esos libros, y que ahora está roto. Sin embargo ni la imagen del hombre se obtiene a partir de la suma de los recuerdos, ni la figura del escritor a partir de la suma de sus obras: ni el hombre a través del escritor, ni el escritor a través del hombre. Todo es fragmento, todo está inacabado, todo es presa de la mortalidad, aun cuando el destino parezca haber concedido al hombre y al escritor vivir hasta el límite de sus fuerzas, dar todo lo que humanamente podía dar, como en el caso de Tolstoi. La historia de un hombre siempre está incompleta, y basta con pensar en lo que pudo ser diferente —casi todo— para saber que su historia jamás podrá contener el significado de una vida humana, sino únicamente aquello que le fue dado ser y ofrecer. La verdad se hallaba en la presencia viva, y nada puede sustituirla. La inmortalidad es una ilusión, también para el arte y para el pensamiento: son las reliquias mudas que sobreviven a la erosión del tiempo y a los desastres de la historia, como los monumentos de piedra. Pero en esta misma fragilidad —que iguala la existencia más humilde con aquella que erróneamente llamamos «grande», y que lo es nada más que por haber tenido la suerte de poder expresarse—, se encuentra el sentido y el valor de la vida humana; y este valor permanecerá para siempre.

Albert Camus apareció en mi vida en abril de 1941, en Argelia, a donde había llegado desde Francia en calidad de refugiado. Lo conocí pronto, porque en Argelia era famoso: era la cabeza visible de un grupo de jóvenes periodistas, estudiantes, aspirantes a escritor, amigos de los árabes, enemigos de la burguesía local y de Pétain, que hacían vida en común, pasaban los días a orillas del mar o paseando por el monte, por las noches escuchaban música y bailaban, esperanzados con una victoria de Inglaterra, y desahogaban como podían el malestar que sentían por lo que había sucedido en Francia y en Europa. También hacían teatro, y estaban preparando la producción de Hamlet, donde Camus, además de director, representaba a Hamlet, y su mujer Francine a Ofelia. Continúa leyendo

La Historia no tiene sentido

Nicola Chiaromonte siempre rechazó la idea de la «Historia» con mayúscula, tal y como la concebían desde las escuelas más idealistas a las más cientifistas, y en los años sesenta dedicaría a este tema su libro La Paradoja de la Historia, mostrando cómo en varias novelas de los siglos XIX y XX (de Stendhal, Tolstói, Malraux o Pasternak) podía apreciarse el contraste entre la Historia narrada por estadistas, políticos e historiadores, y la existencia colectiva de los individuos.

En los cuadernos que anotara durante más de quince años, Chiaromonte también dejó apuntes sobre su concepción de la historia. A continuación se recogen cuatro de dichos fragmentos.

La Historia no tiene sentido*

I

Historia

La Historia de los acontecimientos tal y como han tenido lugar en realidad, es decir, uno por uno y conectados en series presuntamente racionales, no dice nada. La verdadera historia es la del significado que los hombres han añadido a los «acontecimientos». Lo que vuelve tan dramática la historia tal y como la narra Tucídides es que se trata de la historia de cómo Pericles, Nicias y Alcibíades vivieron la guerra contra Esparta, cómo actuaron y cómo su visión se hizo pedazos contra el laberinto de la fatalidad. [Cuaderno XII, 1962] Continúa leyendo

Historia de una persona seria

Historia de una persona seria*

Mary McCarthy[1]

Conocí a Nicola durante el verano de 1945. Antes nos habíamos visto un par de veces, pero de pasada, ni él ni yo recordábamos bien dónde ni cuándo. Ese verano, en cambio, trabamos amistad. Estábamos cerca del mar, en el cabo Cod, en Nueva Inglaterra. Tenía una cabaña junto a la playa, por donde en ocasiones venía también Niccolò Tucci, como un pájaro de paso. La playa era magnífica, inmensa, al otro lado de un bosque tupido. De noche hacíamos picnics a la luz de la luna y nos bañábamos desnudos, en una agua fosforescente, bellísima. De día me llevaba la máquina de escribir a la playa desierta, y sin sombrilla ni nada, con la arena entrando continuamente en el teclado, intentaba trabajar. Chiaromonte me había dado a conocer a Simone Weil, y yo estaba traduciendo un ensayo suyo precioso sobre la guerra de Troya[2].

En el sofá, sonriéndose, Chiaromonte y McCarthy. A sus espaldas, en el medio, Hannah Arendt y Dwight Macdonald
En el sofá, sonriéndose, Chiaromonte y McCarthy. A sus espaldas, en el medio, Hannah Arendt y Dwight Macdonald. Foto de 1966.

Por aquel entonces me acababa de separar de Edmund Wilson; todavía no me había divorciado, pero lo habíamos dejado. Yo encontraba a Nicola adorable. Lo recuerdo con un delantal atado a la cintura, un delantal celeste con volantes, mientras limpiaba la cabaña. Llegué una mañana y me lo encontré así. Me gustaba mucho ese espectáculo, porque a Edmund Wilson jamás lo había visto con un delantal. Nicola era un gran nadador y adoraba el mar. Era fuerte, y ducho en algunas cosas; en otras un poco torpe. Por ejemplo a la hora de montar a caballo: nunca se le dieron bien. Y era guapo. Esta mañana le he mirado en su lecho de muerte, y no había cambiado mucho desde entonces. Continúa leyendo