Joseph Frank – Nicola Chiaromonte: la ética de la política

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Nicola Chiaromonte: la ética de la política

Joseph Frank*

 

Escribir sobre Nicola Chiaromonte significa, para mí, decir adiós a un viejo amigo, y no puedo evitar la tentación de intentar que reviva otra vez, aunque sólo sea por un instante, para quienes lean estas páginas. Por suerte, no dependo de mi limitado talento literario para invocar su presencia. Puedo solicitar el auxilio del extraordinario don de André Malraux para la evocación, quien inmortalizara la esencia de Nicola Chiaromonte —sólo su esencia— en el personaje de Scali en L’Espoir (La esperanza). Exiliado de la Italia fascista durante los años treinta en París, Nicola fue miembro del escuadrón aéreo de Malraux perteneciente a las Fuerzas Aéreas de la República española, y es en las páginas de la gran novela de Malraux donde permanecerá para siempre su imagen.

En la primera aparición de Scali en el libro, Malraux resalta su aspecto físico, poco fuera de lo común; no queda claro si es español o italiano: «El rostro de Scali, un poco mulato, en realidad era corriente en el Mediterráneo occidental». En verdad, Nicola tenía las facciones de un campesino italiano —igual que su íntimo amigo Ignazio Silone—, y esto se traducía en un rostro que poseía una claridad, una inclinación natural a la amabilidad y una dignidad y cortesía instintivas que parecían ser los rasgos distintivos de esa raza. Sus modales mostraban asimismo algo de esa calma, severidad y profunda seriedad del comportamiento campesino, de individuos que viven en estrecho contacto con la tierra. No había en él precipitación ni locuacidad, nada de nervioso o agitado. La primera vez que lo vi fue en París, a principios de los años cincuenta, y recuerdo la severidad con la que sobresalía en medio de esos intelectuales franceses febriles e inteligentes a los que yo había empezado a ver con mucha frecuencia en el mismo lugar (las tertulias de H. J. y Celia Kaplan, que tanta importancia tuvieran para las relaciones intelectuales franco-estadounidenses de aquel tiempo). Nicola era un miembro destacado del ambiente intelectual francés de esos días, cuando el existencialismo aún trataba de sentar las bases de una nueva filosofía de socialismo libertario y democrático. Pero uno podía advertir que él procedía de un mundo distinto, y que toda esa brillante palabrería a él le impresionaba mucho menos de cuanto pudiera parecer. O por lo menos, como consecuencia de haber combatido el estalinismo desde principios de los años treinta, y por su participación en la Guerra Civil española, era capaz de advertir hacia dónde se dirigía buena parte de estos razonamientos embriagadores, así como dónde terminarían desembocando muy pronto: en la aceptación de la izquierda totalitaria como única opción de futuro. Seguir leyendo “Joseph Frank – Nicola Chiaromonte: la ética de la política”

Albert Camus

Albert Camus*

 

Ha muerto un hombre, y piensas en su rostro con vida, en sus gestos, en sus actos, en los momentos compartidos con él, tratando de reconstruir una imagen disuelta para siempre. Ha muerto un escritor: reflexionas sobre su obra, sobre sus libros, uno a uno, sobre el vínculo que los unía, sobre el movimiento hacia un significado más profundo que hacía de la vida, y tratas de formar un juicio que dé cuenta del impulso último del que surgían esos libros, y que ahora está roto. Sin embargo ni la imagen del hombre se obtiene a partir de la suma de los recuerdos, ni la figura del escritor a partir de la suma de sus obras: ni el hombre a través del escritor, ni el escritor a través del hombre. Todo es fragmento, todo está inacabado, todo es presa de la mortalidad, aun cuando el destino parezca haber concedido al hombre y al escritor vivir hasta el límite de sus fuerzas, dar todo lo que humanamente podía dar, como en el caso de Tolstoi. La historia de un hombre siempre está incompleta, y basta con pensar en lo que pudo ser diferente —casi todo— para saber que su historia jamás podrá contener el significado de una vida humana, sino únicamente aquello que le fue dado ser y ofrecer. La verdad se hallaba en la presencia viva, y nada puede sustituirla. La inmortalidad es una ilusión, también para el arte y para el pensamiento: son las reliquias mudas que sobreviven a la erosión del tiempo y a los desastres de la historia, como los monumentos de piedra. Pero en esta misma fragilidad —que iguala la existencia más humilde con aquella que erróneamente llamamos «grande», y que lo es nada más que por haber tenido la suerte de poder expresarse—, se encuentra el sentido y el valor de la vida humana; y este valor permanecerá para siempre.

Albert Camus apareció en mi vida en abril de 1941, en Argelia, a donde había llegado desde Francia en calidad de refugiado. Lo conocí pronto, porque en Argelia era famoso: era la cabeza visible de un grupo de jóvenes periodistas, estudiantes, aspirantes a escritor, amigos de los árabes, enemigos de la burguesía local y de Pétain, que hacían vida en común, pasaban los días a orillas del mar o paseando por el monte, por las noches escuchaban música y bailaban, esperanzados con una victoria de Inglaterra, y desahogaban como podían el malestar que sentían por lo que había sucedido en Francia y en Europa. También hacían teatro, y estaban preparando la producción de Hamlet, donde Camus, además de director, representaba a Hamlet, y su mujer Francine a Ofelia. Continúa leyendo

La Historia no tiene sentido

Nicola Chiaromonte siempre rechazó la idea de la «Historia» con mayúscula, tal y como la concebían desde las escuelas más idealistas a las más cientifistas, y en los años sesenta dedicaría a este tema su libro La Paradoja de la Historia, mostrando cómo en varias novelas de los siglos XIX y XX (de Stendhal, Tolstói, Malraux o Pasternak) podía apreciarse el contraste entre la Historia narrada por estadistas, políticos e historiadores, y la existencia colectiva de los individuos.

En los cuadernos que anotara durante más de quince años, Chiaromonte también dejó apuntes sobre su concepción de la historia. A continuación se recogen cuatro de dichos fragmentos.

La Historia no tiene sentido*

I

Historia

La Historia de los acontecimientos tal y como han tenido lugar en realidad, es decir, uno por uno y conectados en series presuntamente racionales, no dice nada. La verdadera historia es la del significado que los hombres han añadido a los «acontecimientos». Lo que vuelve tan dramática la historia tal y como la narra Tucídides es que se trata de la historia de cómo Pericles, Nicias y Alcibíades vivieron la guerra contra Esparta, cómo actuaron y cómo su visión se hizo pedazos contra el laberinto de la fatalidad. [Cuaderno XII, 1962] Continúa leyendo